viernes, 28 de diciembre de 2012

Justino Mártir y el milenarismo

La doctrina del milenarismo es una de las básicas del cristianismo primitivo. Sus orígenes se encuentran ya en los profetas del Antiguo Testamento, como Isaías, por ejemplo.

Pero ya en tiempos de Justino Mártir había comenzado el ataque en contra de esta doctrina, que se enlaza también con el Padrenuestro ("Venga tu reino") y con una serie de pasajes de los apóstoles Pedro y Pablo pero, sobre todo, del Apocalipsis.

Fue la gnosis la que atacó primeramente esta doctrina por considerarla materialista y contraria al Espíritu. Finalmente, al influjo de los dogmas gnósticos, la doctrina milenarista fue derrotada y desechada, aunque jamás se la condenó, debido a que así creían y enseñaban los Padres de la Iglesia.

Justino Mártir, pese al influjo que en él ejerció la filosofía griega, mantuvo su creencia en el reinado milenario de Jesucristo, y así lo expresa en una de sus principales obras, el Diálogo con Trifón.

 

80.
[1] Trifón replicó: -Ya te he dicho, amigo, que te esfuerzas por ser persuasivo, permaneciendo adherido a las Escrituras; pero dime ahora: ¿Realmente confiesan ustedes que ha de restablecerse ese lugar de Jerusalén (cf. Za 1,16?)? ¿Y esperan que allí ha de reunirse su pueblo y alegrarse en compañía de Cristo, con los patriarcas, los profetas y los de nuestra raza, los que se hicieron prosélitos antes de la venida de su Cristo? ¿O es que llegaste a esa conclusión sólo por dar la impresión de que nos ganabas de todo punto en la discusión?

[2] A lo que yo dije: -No soy yo tan miserable, oh Trifón, que diga otra cosa de lo que creo. Ya antes te he declarado que yo y otros muchos compartimos estos puntos de vista, de suerte que sabemos perfectamente que así ha de suceder; pero también te he indicado (cf. 35,1-6) que hay muchos cristianos de doctrina pura y piadosa, que no admiten esas ideas.

[3] Porque los que se llaman cristianos, pero son realmente herejes sin Dios y sin piedad, ya te he manifestado que sólo enseñan blasfemias, impiedades e insensateces. Para que sepan que no sólo digo esto delante de ustedes, lo saben, pienso componer, como pueda, una obra de todas las conversaciones tenidas con ustedes, y allí escribiré que confieso lo mismo que ante ustedes digo. Porque más que a hombres o a enseñanzas humanas (cf. Is 29,13; Mt 15,9; Mc 7,7), prefiero adherir a Dios y a las enseñanzas que de Él vienen (cf. Hch 5,29?).

[4] Si les sucede que se encuentran con algunos que se llaman cristianos y no confiesan eso, sino que se atreven a blasfemar del Dios de Abraham, del Dios de Isaac y del Dios de Jacob, y dicen que no hay resurrección de los muertos, sino que en el momento de morir son sus almas elevadas al cielo, no los tengan por cristianos; como, si se examina bien la cosa, nadie tendrá por judíos a los saduceos y sectas semejantes de los genistas, meristas, galileos, helenianos, fariseos y baptistas (y no se molesten en oír todo lo que pienso), aunque se llaman judíos e hijos de Abraham, pero que sólo honran a Dios con los labios, como Él mismo clama, mientras su corazón está lejos de Él (cf. Is 29,13; Mt 15,8; Mc 7,6).

[5] Yo, por mi parte, como todos los cristianos perfectamente ortodoxos, no sólo admitimos la futura resurrección de la carne (cf. Ez 37,7-8. 12-14; Is 45,23-24; Rm 14,11), sino también mil años en Jerusalén reconstruida, adornada y engrandecida como lo prometen Ezequiel, Isaías y los otros profetas (cf. Is 65,21; Ez 40?).


81.
[1] Isaías, en efecto, dijo acerca de este tiempo de mil años: «Porque habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, y no se acordarán de las cosas del pasado ni les volverán al corazón, sino que hallarán alegría y regocijo, por tantas cosas que he creado. Porque he aquí que yo hago de Jerusalén regocijo y de mi pueblo alegría, y me regocijaré en Jerusalén y me alegraré sobre mi pueblo. Ya no se oirá en ella voz de gemido ni voz de llanto. Ya no habrá allí niño que muera al nacer, ni anciano que no llene su tiempo, porque el hijo todavía joven tendrá cien años, y será a los cien años que morirá el hijo pecador, y que será maldecido.

[2] Construirán casas y ellos mismos las habitarán, plantarán viñas y ellos mismos comerán sus productos. No construirán para que otros habiten, ni plantarán para que otros coman. Porque, según los días del árbol de la vida, serán los días de mi pueblo: serán abundantes las obras de sus trabajos. Mis escogidos no trabajarán en vano ni engendrarán para maldición; porque son descendencia justa y bendecida por el Señor, y sus hijos con ellos. Y sucederá que antes de gritar ya los habré oído; mientras aún estén hablando diré: "¿Qué pasa?". Entonces pacerán juntos el lobo y el cordero; y el león, como un buey, comerá paja, y la serpiente tendrá como pan la tierra. No cometerán injusticia ni se mancharán sobre la montaña santa, dice el Señor» (Is 65,17-25).

[3] Ahora bien, la expresión -añadí yo- que en este pasaje dice: "Porque, según los días del árbol serán los días de mi pueblo (designa), así lo entendemos, las obras de sus trabajos" (Is 65,22), que significa misteriosamente los mil años. Porque como se dijo a Adán que el día que comiera del árbol de la vida moriría (cf. Gn 2,17), sabemos que no cumplió los mil años. Entendemos también que hace también a nuestro propósito aquello de: "Un día del Señor es como mil años" (Sal 89,4; cf. 2 P 3,8).

[4] Además hubo entre nosotros un varón por nombre Juan, uno de los Apóstoles de Cristo, el cual, en el "Apocalipsis" que le fue hecho, profetizó que los que hubieren creído a nuestro Señor, pasarían mil años en Jerusalén (cf. Ap 20,5-6); y que después de esto vendría la resurrección universal y, para decirlo brevemente, eterna (cf. Hb 6,2), unánime, de todo el conjunto de los hombres, así como también el juicio. Lo mismo vino a decir también nuestro Señor: "No se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán semejantes a los ángeles, pues serán hijos del Dios de la resurrección" (Lc 20,35-36).

(Justino Mártir, Diálogo con Trifón, 80, 81.).


Yah, la forma poética abreviada del Nombre Divino

Yah, es una abreviatura poética de Yahwêh, el único nombre propio y personal de Dios (Éxodo 15:1, 2), que se representa por la primera mitad del Tetragrámaton hebreo hwhy (YHWH), es decir, las letras hebreas yohdh (y) y heʼ (h), décima y quinta, respectivamente, del alfabeto hebreo. Esta palabra, Yáh, aparece cincuenta veces en el Tanáj o Antiguo Testamento, veintiséis veces sola y veinticuatro veces en la expresión Aleluya o Haleluyah, la que, literalmente, significa ¡Alaben a Yáh! Algunas traducciones, como la Versión Popular, no reflejan en absoluto la existencia de la expresión hy, Yáh en el texto original. Otras la reflejan únicamente en la transliteración Aleluya, como la Versión Torres Amat, Nueva Biblia Española, La Biblia (versión de Moisés Katznelson). Otras versiones, aparte de los casos en que se utiliza la palabra aleluya, generalmente la sustituyen por Jehová, Yahweh, y utilizan Yah en contadas ocasiones. La Versión Moderna, por ejemplo, siete veces; la Biblia de Jerusalén (1972, 1975), una vez. La Versión Reina-Valera Actualizada de 1989, sustituye Yah por Jehová, aunque en las notas explicativas señala que en el texto original aparece la forma Jah, es decir, Yah, y mantiene la forma tradicional Aleluya. "Lit., Jah, forma corta y poética de Jehovah", dice la nota para Éxodo 15:2 en esta versión. En la versión Bover-Cantera se sustituye una vez por Yahveh y dos veces se elimina, y de las restantes, veinticuatro veces aparece como Yah y veintitrés dentro de la expresión Aleluya.

En el Nuevo Testamento, Yah aparece cuatro veces en la expresión Aleluya. (Apocalipsis 19:1, 3, 4, 6.). La mayoría de las versiones y traducciones se limitan a transcribir la expresión, pero no la traducen, como se afirma en "La Palabra 'Aleluya'". (Véase.).

Yáh no es una forma primitiva del nombre divino que se usara antes del Tetragrámaton, hwhy (YHWH). El nombre divino Yahwêh aparece en su forma completa ciento sesenta y cinco veces en el libro de Génesis, de acuerdo al Texto Masorético. Sin embargo, la forma abreviada no se encuentra hasta después de la salida de los hijos de Israel de la esclavitud en Egipto. (Éxodo 15:2.).

Normalmente, el monosílabo Yáh forma parte de las expresiones más conmovedoras de alabanza, cántico, oración y ruego. Este término se halla a menudo en los pasajes que relatan el regocijo que produce una victoria o una liberación, o cuando hay un reconocimiento de la mano poderosa y la fuerza de Dios. En este sentido, el registro bíblico proporciona abundantes ejemplos. Así, la frase: "¡Alaben a Yah!" (Aleluya) aparece en el libro de los Salmos como una doxología, es decir, como una expresión de alabanza a Dios. La primera de estas alabanzas se encuentra en el Salmo 104:35. En algunos salmos puede que solo esté al principio (Salmos 111; 112); esporádicamente, en medio de la composición (135:3); a veces, solo al final (Salmos 104; 105; 115–117); pero a menudo, tanto al principio como al final del salmo (Salmos 106; 113; 135; 146–150.). En el libro de Apocalipsis los seres celestiales alaban a Yahwêh con esta expresión en repetidas ocasiones. (Apocalipsis 19:1-6.).

El resto de los pasajes en los que aparece Yáh también denotan exaltación, tanto en las canciones como en las peticiones a Yahwéh. Por ejemplo, en la canción de liberación de Moisés (Éxodo 15:2), y en el registro de Isaías, en donde se consigue doble énfasis al combinar los dos nombres: Yah Yahwéh. (Isaías 12:2; 26:4.). Después de haber sido sanado milagrosamente cuando estaba a punto de morir, el rey Ezequías expresó con júbilo poético la intensidad de sus sentimientos repitiendo la expresión Yah. (Isaías 38:9, 11.). En las Escrituras se hace un contraste entre los muertos, que no alaban a Yah, y aquellos que están resueltos a vivir para Su alabanza. (Salmos 115:17, 18; 118:17-19.). Otros salmos también expresan aprecio a Yah por su liberación, protección y corrección. (Salmos 94:12; 118:5, 14.).

La Palabra "Aleluya"

La palabra aleluya, es el término más antiguo de todos los términos de alabanza. Se usa tanto en el cielo como en la tierra para adorar al Todopoderoso Creador (Apocalipsis 19:1-6.). Se trata de una transliteración de la expresión hebrea ha·lelu-Yáh, que aparece por primera vez en Salmo 104:35. En la Versión Reina-Valera Revisada de 1960, como en otras ediciones y revisiones de esta misma traducción, aparece como aleluya a través de todo el Antiguo Testamento, o Tanáj, así como también en el libro de Apocalipsis. Pero en otras traducciones y versione se vierte como "¡Alabad al Señor!" (Nueva Reina-Valera, 1990), "¡Alabado sea el SEÑOR!" (Nueva Versión Internacional, 1999), en tanto que otras versiones presentan lecturas más literales y apegadas al texto original, como "¡Halleluyah!" (Versión Kadosh, 2003), "Halelu-Yah" (Versión Israelita Nazarena, 2011), "¡Alaben a Jah!" (Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras—Con Referencias, edición revisada de 1987), "Aleluyah". (Reina-Valera Restaurada, 2011.). Desde el principio, la versión Reina-Valera presentó una transliteración de la expresión hebrea: "HaleluIAH" (La Biblia del Oso, Casiodoro de Reina, 1569) y después la forma usual "Aleluya" (Versión Reina-Valera Revisada de 1960). Es interesante notar que también se conoce una forma "¡Alabad a YH!", en la versión conocida como Biblia Textual, de la Sociedad Bíblica Iberoamericana, tercera edición, 1999.

En la actualidad, la palabra aleluya se encuentra en casi todos los idiomas y lenguas, y es muy conocido por el uso que hacen de esta palabra ciertos grupos religiosos, aunque en su mayor parte no conocen el significado de esa expresión. La primera parte de la palabra, ha·lelu, es un imperativo que significa alaben, celebren o glorifiquen. La segunda parte, ya, es en realidad Yah.

En algunas obras modernas de consulta se puede leer: "(heb., alelluyah; gr., allelouia, alabado sea Jehovah o alabad a Jehovah). Una palabra de alabanza que se encuentra en la mayoría de los idiomas a los cuales ha sido traducida la Biblia. Este término a menudo es traducido ¡alabad a Jehovah! o ¡bendecid a Jehovah!, aunque la RVA ha conservado la transliteración del término con la palabra ¡aleluya! (Sal_104:35; Sal_105:45; Sal_106:1, Sal_106:48; Sal_111:1; Sal_112:1; Sal_113:1, Sal_113:9; Sal_115:18; Sal_116:19; Sal_117:2; Sal_135:1, Sal_135:21; los primeros y últimos vv. de los Salmo 146 al 150). El término, tal como aparece en Apo_19:1, Apo_19:3-4, Apo_19:6 es tomado de estos salmos." (Diccionario Bíblico, J. D. Douglas, Merrill C. Tenney, Equipo Internacional E-Sword, Biblioteca Hispana, 2003.).

"(Alabad a Jehová). Exclamación de alabanza. En hebreo la composición supone el uso de una abreviatura del Nombre (Jah, de Yahvéh). Como los judíos decían que el nombre de •Jehová era impronunciable, su tradición explica que este uso es antiquísimo y se desconoce su origen. La palabra ocurre en el AT solamente en el libro de los Salmos, algunas veces en su encabezamiento (111; 112; 113; 135, 146; 148; 149; 150), o al final (104; 105; 115; 116; 117), o en ambas posiciones (106; 113; 135; 146; 148; 149; 150) y en otras ocasiones traducida como "alabad a Jah" (135:3; 147:1). Comúnmente se llama a estos salmos "aleluyéticos".

"La primera parte de la palabra está en un plural imperativo, lo cual lleva a muchos a pensar que era una indicación o señal que daba quien dirigía el culto en el •templo esperando una respuesta pública. Estos himnos vinieron a ser muy importantes en las sinagogas. Los judíos consideraban a los salmos del 113 al 118 como una unidad desde el punto de vista litúrgico, llamada Hallel. Se recitaba en la celebración de la •Pascua. Posiblemente a ello se refieran dos evangelistas cuando dicen que Jesús y sus discípulos, después de la cena pascual, "cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos" (Mat_26:30; Mar_14:26). La palabra A. aparece en el NT en el libro de Apocalipsis cuatro veces, cuando se narra la alegría celestial "¡... porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!" (Apo_19:1, Apo_19:3-4, Apo_19:6)." (Nuevo Diccionario de la Biblia, Alfonso Lockward y Editorial Unilit, Equipo Internacional e-Sword, Biblioteca Hispana, 2009.).

"hebreo hallelu-yah, alabad a Yahvéh. Voz de júbilo y alabanza al Señor usada en el culto divino desde el A. T. Voz que aparece principalmente al principio y al final de varios Salmos, por ejemplo, Sal 111 (110), 1; 115 (113B), 18. En el capítulo 19 del Apocalipsis, se encuentra el único caso en que se emplea el a. en el N. T., y es un grito victorioso y de alabanza al poder divino, a la victoria final de Dios sobre los demás poderes. El a. fue incorporado a la liturgia cristiana en demostración de júbilo en sus festividades, sobre todo, en la celebración de la resurrección de Jesucristo." (Diccionario Bíblico Digital, Pierre Jean Montana M., Equipo Internacional e-Sword, JAGH, 2010.).

"(hebr. hallelú-yáh. load a Yah [= Yahvéh]), exclamación litúrgica en Tob 13,22 y especialmente en los salmos aleluyáticos (111S al principio; 104S 115-117 al final; 106 113 135 146-150 al principio y al final). El a. es una expresión litúrgica muy antigua (cf. las diversas lecciones de LXX y Vg), originariamente pronunciada por el cantor, el sacerdote y los levitas, después repetida por el pueblo (alternando [?] cf. Sal 106,48)." (Diccionario según la Biblia de Jerusalén, Yamil Cáceres (Ya1000caceres@gmail.com).).

"Término abreviado del hebreo ("Alabad a Yaweh (hall`lu-yah). Se emplea en la liturgia pascual y festiva y habitualmente se identifica con "alegría". Aparece en Tobías (13.22) y en diversos salmos llamados aleluyáticos: 104, 115 a 117 y 146 a 150.

"En el Nuevo Testamento sólo aparece una vez, en el grito de triunfo de los ángeles contra la gran meretriz (Roma) como señal de la llrgada del final de los tiempos y el triunfo del bien. Se expresa cuatro veces en ese grito (Apoc. 19. 1-9) en referencia al gozo de haber vencido al mal.

"Es probable que ya se usara entre los cristianos en tiempos apostólicos. Desde luego, se hace frecuente en el siglo II. Y es posible que fuera expresión muy empleada en determinadas comunidades cristianas más afines, o al menos no antagónicas con relación a las sinagogas radicales, como eran las de Siria y Egipto." (Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa, Pedro Chico González, Editorial Bruño, Lima, Perú, 2006, Equipo Internacional e-Sword, Biblioteca Hispana, 2009.).

"Transliteración de la expresión litúrgica heb.heb. hebreo hallƒluÆ-yaÆh = "alabad a Yah", la forma abreviada de Yahvéh (véase * Dios, Nombres de), que aparece 24 veces en el salterio. Aunque se trata de una sola variante de varios llamados a la alabanza, el hecho de que con una sola excepción (Sal. 135.3) siempre se encuentra al principio o al final, y únicamente en los salmos anónimos, que son presumiblemente los últimos que se compusieron, sugiere que se había convertido en una forma normal posexílica para instar a la alabanza en el culto del templo.

"Los salmos en los que figura la expresión pueden agruparse de la siguiente manera: (1) Sal. 104–105 (al final), 106 (al comienzo y al final, en el que la segunda forma parte de la doxología del IV libro de Salmos). (2) Los Sal. 111–113 (al comienzo), 115–117 (al final). Casi seguramente la LXXLXX Septuaginta (vs. gr. del AT) coloca correctamente la repetición del final del Sal. 113 al comienzo del Sal. 114, completando de esa manera la serie. (3) Sal. 135, al comienzo y al final, pero la LXXLXX Septuaginta (vs. gr. del AT) coloca correctamente a esta última al comienzo del Sal. 136. (4) Sal. 146–150 al comienzo y al final de cada uno.

"El culto cristiano adoptó la invitación neotestamentaria ("¡Aleluya!", Ap. 19.1, 3–4, 6). La mayor parte de los salmos en los que figura la expresión cumplen un papel especial en el culto en las sinagogas. Los Sal. 113–118, eh Hallel egp.egp. egipcio se cantan en las festividades de la *pascua, de *Pentecostés, de los *tabernáculos y de la *dedicación; en la primera se cantan los Sal. 113–115 antes de la comida, y los Sal. 115–118 después de la tercera copa (cf.cf. confer (lat.), compárese Mr. 14.26). Los Sal. 135 y 136 se cantan en el día de reposo, y el gran Hallel (Sal. 146–150), con el Sal. 145, en todos los cultos matutinos.

"Bibliografía. C. Westermann, "Alabar", °DTMAT°DTMAT E. Jenni y C. Westermann (eds.), Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, trad. del alemán por J. A. Mugica, 1978, (véase THAT), t(t).t(t). tomo(s) I. cols. 692–702; P. Beauchamp, Los Salmos noche y día, 1981, pp.pp. página(s) 87–118.

"H.L.E.H.L.E. H. L. Ellison, B.A., B.D., ex Profesor tutor principal, Moorlands Bible College, Inglaterra." (Nuevo Diccionario Bíblico Certeza, Ediciones Certeza, módulo para el sistema e-Sword creado por Arturo Lázaro, agrónomo y estudiante de la Biblia, elyon_elohah@yahoo.com.).

La Palabra “Aleluya”

 

Dios,… cuando decimos “Dios”, ¿qué estamos diciendo en realidad?

Indudablemente el concepto teológico, filosófico y antropológico de Dios hace referencia a un Ser Supremo, una Deidad Suprema.
En castellano es la palabra que se usa para referirse a un Ser Supremo, Omnipotente y Personal en las religiones teístas y deístas, así como en otros sistemas de creencias, quien es o bien la única Deidad, como en el monoteísmo, o la Deidad principal, en algunas formas de politeísmo, como en el henoteísmo. Pero Dios también puede referirse a un ser supremo no personal, como en el panteísmo, y en algunas concepciones es una mera idea o razonamiento sin ninguna realidad subsistente fuera de la mente, como en los sistemas materialistas. A menudo, también, Dios es concebido como el Creador sobrenatural y supervisor del universo. Los teólogos han adscrito una amplísima variedad de atributos a las numerosas concepciones diferentes de Dios. Entre estos, los más comunes son omnisciencia, omnipotencia, omnipresencia, omnibenevolencia, simplicidad divina y existencia eterna y necesaria. También, Dios ha sido concebido como de naturaleza incorpórea, un ser personal, la fuente de toda obligación moral y el mayor ser concebible con existencia. Estos atributos fueron descritos en diferentes grados por los primeros filósofos-teólogos judíos, cristianos y musulmanes, incluyendo a Maimónides, el apóstol Pablo y Al-Ghazali, respectivamente. Muchos destacados filósofos medievales y modernos desarrollaron argumentos a favor de la existencia de Dios. Y, de manera análoga, numerosos filósofos e intelectuales contemporáneos de renombre han desarrollado argumentos en contra de la existencia de Dios.
A menudo, Dios es imaginado como una fuerza de la naturaleza o como un ente consciente que se puede manifestar en un aspecto natural. El gnosticismo plantea la necesidad de la previa definición precisa de la palabra, debido, precisamente, a su gran ambigüedad y oscuridad de significado y uso.
Pero, la definición más común de Dios sigue siendo la de un ser supremo, omnipotente, omnipresente y omnisciente, creador, juez, protector y, en algunas religiones, salvador del universo y de la humanidad.
En español, lo mismo que en otras lenguas romances, la palabra dios viene directamente del latín deus, que significa deidad, dios. La palabra latina, a su vez, deriva del indoeuropeo *deiwos, que proviene de la raíz *deiw, que quiere decir brillar o ser blanco, de la que deriva, asimismo, el término griego Ζεύς, Zeus. De hecho, la palabra castellana dios es idéntica en pronunciación a la griega Διός, Diós, forma genitiva de Zeus, el principal Dios de la mitología griega. Por lo tanto, cuando decimos Dios en realidad estamos invocando a Zeus.  De esta misma raíz indoeuropea derivan el latín dies, que significa día, y el griego δῆλος, que quiere decir visible, patente. Pese a su parecido con la palabra griega análoga θεός, theós, deidad, dios, este deriva de la raíz indoeuropea *dhēs, de significado desconocido, pero que originó en latín palabras de significado originalmente religioso, como feria o fanatismo.
La forma indoeuropea *deiw-os aparece en muchas familias indoeuropeas sistemáticamente asociadas a *pəter, padre en la forma compuesta *dyeu-pəter. En sánscrito tardío la forma aparece como dyaus pitar, dios padre, es decir, padre de los dioses, mientras que en griego existe la forma Ζεὺς Πατῆρ (Zeùs Patḗr), Padre Zeus, análoga a la latina Iuppiter, dios padre, es decir, Júpiter. El latín deus, en otras lenguas romances, derivó en deus (gallego y portugués), dieu (francés), dio (italiano), déu (catalán) o [dumne] zeu (rumano), entre otras.
En las lenguas germánicas, en tanto, la palabra proviene de la raíz protogermánica *ǥuđan, de donde vienen god (inglés) y gott (alemán). Esta raíz derivaría de la forma indoeuropea reconstruida *ǵhu-tó-m, la que proviene de la raíz *ǵhau(ə)-, que significa llamar, invocar.
En español, se hace referencia al dios del judaísmo, del cristianismo y del islamismo con mayúscula inicial, Dios, como se hace con cualquier nombre propio. Y también los pronombres y adjetivos relativos a Dios se escriben de esa manera, como una forma de respeto en los textos religiosos pero también en los textos de la vida diaria, de manera que, por ejemplo, se escribe el Señor, Él, , etcétera.
Sin embargo, Dios, Señor, no son un nombre propio, sino sustantivos comunes que se usan como mero título, ya sea individualmente o en conjunto, dando títulos compuestos como el Señor Dios y Dios el Señor que, por su misma formulación, carecen de verdadero sentido.
El escrúpulo de mesiánicos, nazarenos y judíos proviene del hecho de que cuando se dice “Dios” en español y en otras lenguas romances, en realidad se está invocando a Διός, Diós, forma genitiva de Zeus, el principal Dios de la mitología griega, y no al Ser Supremo que se revela por medio de Su Palabra, la Biblia.

El nombre propio, personal y único del Ser Supremo que se revela en la Biblia es Yahwêh.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El Alfa y la Omega

Se trata de la primera y última letras del alfabeto griego, y se escriben A y W en mayúsculas, o a  y w en minúsculas. En el libro de Apocalipsis, se encuentran tres veces como un título. La aparición de dicho título como parte de la lectura principal en Apocalipsis 1:11, como, por ejemplo, en la Versión Reina-Valera, no tiene el apoyo de algunos de los manuscritos griegos más antiguos que se conocen, como el Alejandrino, el Sinaítico y el Ephraemi Rescriptus, razón por la cual se omite en el texto principal de casi todas las traducciones y versiones modernas.
Apocalipsis 1:7-9, como aparece en el Diaglotón Enfático, en inglés.

Si bien la mayoría de los comentaristas aplican indistintamente este título tanto a Dios como a Jesucristo, un examen más cuidadoso demuestra que es privativo del Dios y Padre de Jesucristo, el Dios Todopoderoso. El primer pasaje de Apocalipsis indica que originalmente fue Dios quien dio la revelación y la transmitió mediante Jesucristo, por lo que algunas veces el hablante (por medio de un representante angelical) es Dios mismo y otras es Jesucristo. (Apocalipsis 22:8.). Así, Apocalipsis 1:8 dice: “Yo  soy el alfa y la omega,  dice el Señor Dios[1], el  que es, el que era y el  que viene, el  todopoderoso.” (La Santa Biblia, Martín Nieto.). Aunque Apocalipsis 1:7 habla de Jesucristo, es absolutamente claro que en el versículo siguiente, Apocalipsis 1:8, se está haciendo referencia al Dios Todopoderoso, el Dios y Padre de Jesucristo mismo. “No se puede tener absoluta seguridad de que aquí el escritor quisiera referirse específicamente al Señor Jesús […] No es una incongruencia suponer también que aquí el escritor quisiera referirse a Dios como tal.”[2]
Este título aparece de nuevo en Apocalipsis 21:6, y en el versículo siguiente se identifica a la persona que habla, al decir: “El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y el será mi hijo.” (Versión Moderna.). Dado que Jesús se refirió a los que son herederos con él en su Reino como “hermanos”, no como “hijos”, el que habla tiene que ser el Padre Celestial de Jesús, Yahwéh ‘Elohím. (Mateo 25:40; compárese con Hebreos 2:10-12.).

Los primeros versículos del capítulo 1 de Apocalipsis, como aparece en el programa de estudio e-Sword: en la pantalla,
Nestle-Aland 26th/27th edition Greek New Testament, 2003.

La última vez que aparece este título es en Apocalipsis 22:13, donde se dice: “Yo soy, el Alpha y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin.” (Versión Moderna.). En este capítulo de Apocalipsis se registran las palabras de diversas personas: los versículos 8 y 9 muestran que el ángel le habló a Juan, es obvio que el versículo 16 aplica a Jesús, la primera parte del versículo 17 se atribuye al “espíritu y la novia” y está claro que el que habla en la parte final del versículo 20 es Juan mismo. Por lo tanto, “el Alfa y la Omega” de los versículos 12-15 puede ser identificado apropiadamente como el mismo que lleva ese título las otras dos veces: Yahwéh ‘Elohím, el Dios y Padre de Jesucristo. La expresión del versículo 12: “He aquí, yo vengo presto, y mi galardón está conmigo, para dar la recompensa a cada uno según sea su obra.”, no obliga a aplicar los versículos 13-15 a Jesús, dado que Dios también dice de sí mismo que “está saliendo” para ejecutar juicio. (Compárese con Isaías 26:21.) Malaquías 3:1-6 habla de una venida conjunta de Yahwéh ‘Elohím y de su “mensajero del pacto” para juzgar.
El título “el Alfa y la Omega” transmite la misma idea que las expresiones “el Primero y el Último” y “el Principio y el Fin” cuando se emplean con referencia a Yahwéh ‘Elohím. Antes de Él no hubo ningún Dios Todopoderoso y no habrá ninguno después de Él.



[1] Aquí, la frase Señor Dios, es vertida como Yahweh Elohim en la Versión Israelita Nazarena, en tanto que la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras—Con Referencias, edición revisada de 1987, presenta Jehová Dios, lectura similar a la que suele aparecer en la Reina-Valera de 1909 y de 1960, por ejemplo, en el Antiguo Testamento. Existen otras traducciones y versiones que presentan una lectura similar en el texto principal, como la Kadosh y la Reina-Valera Restaurada de 2011.
[2] Barnes’ Notes on the New Testament, 1974.

Esmirna


Esmirna deriva su nombre del griego Σμύρνη, Smýrni, Smyrna, de donde se deriva también el nombre turco actual de la ciudad, İzmir, que es una contracción de su antiguo nombre. En la actualidad es la tercera ciudad de Turquía en población, después de Estambul y Ankara. Está ubicada en la costa oriental del Mar Egeo, inmediata al golfo de su nombre, entre las penínsulas de Foça y Clazómenes. Tradicionalmente, se ha explicado el nombre como significando “mirra” y hasta ha habido quienes han escrito hermosos artículos sobre la iglesia de Esmirna basados en ese significado atribuido. Los eruditos, sin embargo, dudan que ese sea su significado original y la tendencia actual es asociar el nombre de la ciudad con el de la diosa anatólica Samorna.
Hay quienes dicen que se trata de una ciudad de antigua data y que habría sido fundada por los léleges hacia el 3000 a. de J.C. en el sitio de Tepekule, cerca de la actual Bayrakli. Entre 2000 y 1200 a. de J.C., fue sometida al Imperio hitita. Habría sido atacada también por los ahhiyawa,  Tras la caída de Hattuššaš y el derrumbe del Imperio hitita, fue ocupada por lo eolios, emigrados desde la Grecia continental a Anatolia hacia el 1000 a. de J.C. tras la caída de las ciudades-estados micénicas a consecuencias de la invasión dórica. Más tarde fue ocupada por los jonios, con quienes alcanzó su apogeo.


Otra vista del ágora de Esmirna.

Fue conquistada en 688 a. de J.C. por Colofón, convirtiéndola en una ciudad-estado que formó parte de la Liga Jónica. Estuvo en constantes enfrentamientos con las cercanas ciudades de Pérgamo y Éfeso. En 600 a. de J.C., Aliates, rey de Lidia, la conquistó, y en 546 a. de J.C. pasó a formar parte del Imperio persa. Más tarde fue arrasada y durante los siglos venideros perdió toda importancia, hasta que Alejandro el Grande de Macedonia hizo construir, muy cerca de su emplazamiento original una nueva ciudad, la que en 302 a. de J.C. pasó a poder de Lisímaco, anterior general de Alejandro, luego de vencer a Antíoco I Monoftalmos. Pero posteriormente pasó a poder de los seléucidas y después a Pérgamo. Los seléucidas intentaron volver a someter Jonia. Esmirna fue atacada por los Atálidas de Pérgamo. En 189-188 a. de J.C., los seléucidas fueron finalmente expulsados de Jonia y de Anatolia y Esmirna recibió territorios por haber combatido del lado de Roma, beneficiándose de una independencia protegida por los romanos. La ciudad recibió a varios políticos romanos exiliados.
Entre los años 89 y 85 a. de J.C., Esmirna, como las otras ciudades de Asia Menor, apoyó a Mitrídates VI Eupátor del Ponto en su guerra contra Roma. El general romano Sila emprendió la conquista de Asia Menor y tomó la ciudad de Esmirna, obligando a todos los ciudadanos de la misma, en castigo, a desfilar desnudos en pleno invierno. Tras la paz de Dardanos, firmada en el año 85 a. de J.C., que puso fin a la guerra entre Roma y Mitrídates, Esmirna, como la mayoría de las ciudades libres de Anatolia occidental y del Egeo, pasó a formar parte de la provincia romana de Asia.
Sufrió después las consecuencias de las guerras civiles que afectaron al Imperio romano.
Es probable que el cristianismo se haya introducido en la ciudad debido a la obra misional del apóstol Pablo o de alguno de sus colaboradores o conversos. El hecho es que dentro de la ciudad se formó una comunidad o iglesia que mereció ser mencionada por el apóstol Juan por nombre en su Apocalipsis. Los cristianos de Esmirna sufrieron persecuciones a la vez que debieron enfrentar el embate de doctrinas tales como el gnosticismo, el nicolaismo y el marcionismo.

Vista actual del ágora de Esmirna.

En la revelación dada a Juan, el glorificado Jesucristo dijo que la iglesia de Esmirna era materialmente pobre, pero espiritualmente rica. Había pasado por pruebas como la tribulación y la persecución y hasta tuvo que soportar la blasfemia de algunos que se hacían llamar judíos pero que en realidad eran una sinagoga de Satanás. Sin embargo, a pesar de todo eso, a los cristianos de Esmirna se les dio ánimo para que no temieran lo que todavía tendrían que sufrir sino que fuesen fieles hasta la mismísima muerte si era preciso a fin de que recibieran la corona de la vida. (Apocalipsis 2:8-11.).
Su historia temprana testifica de una iglesia fuerte en la fe. Policarpo, quien fuera epískopos de Esmirna, sufrió el martirio dentro de sus muros.
Después de dividirse el Imperio romano, Esmirna continuó formando parte del Imperio oriental durante unos cinco siglos, hasta que en 1084 fue ocupada por los turcos selyucíes, aunque dicha ocupación solo duraría trece años, siendo recuperada por los bizantinos. En 1322, los turcos otomanos la tomaron y luego pasó al dominio de Chipre, de Venecia e incluso de los Estados Pontificios (Roma) antes de ser nuevamente ocupada, y definitivamente, por los turcos otomanos, en 1424, hasta 1920, cuando fue ocupada por los griegos tras la desintegración del Imperio otomano. En 1922, tras la guerra grecoturca, volvió a manos de Turquía.